Porquecino
Porquecino, un viejo cerdo, vivía solo y triste en su lodo. En sus primeros años de soledad deseó siempre tener a alguien que le hiciera compañía, pero ahora ya viejo eso le daba lo mismo.
Eran las 6 de la tarde y Porquecino miraba atentamente como el sol se ocultaba tras su plantación de choclo, en ese momento le llegó a su mente un sin fin de recuerdos que hace mucho tiempo no había tenido, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro de cerdo, ¿ Como olvidar esos días en que nadaba alegremente entre la porquería del mundo? como olvidar esa pintura azul que cayó en su cabeza por error, o esa vez que comió un delicioso puré de tripas. Porquecino, siguió mirando como el sol se ocultaba, sus choclos parecian de fuego, un bello espectaculo para sus ojos, pensaba como era posible que el sol lograra tal efecto en su plantación, sería que sus choclos tenían alguna facultad especial, que dificil era una respuesta para Porquecino. Quiso mirar más de cerca, para dar una respuesta definitiva a sus dudas, pero algo terrible pasó en ese momento, resultó que el efecto aquel no correspondia a alguna facultad del sol ni de los choclos, sino que provenía directamente de lo más temido, del fuego, la plantación de Porquecino estaba bajo llamas, solamente el se dió cuenta de esto, cuando estaba a pocos pasos de la plantación, el viejo cerdo asustado, retrocedió, pero sin antes quemar su pequeña cola de chancho, corrió desesperado, no sabía a hacer, le dolía su cola. Las llamas crecían y crecían su plantación estaba en peligro, su casa, su vida, algo tenía que hacer. Desesperado tomó un pequeño balde con agua, y se la bebió, saltó de un gran brinco hacia su casa para poder salvar todo lo que pudiese, pero para desgracia del viejo puerco, su casa fue alcanzada por las llamas, trató de salir, pero ya no había por donde, Porquecino entonces se sentó solo a esperar su triste final, mientras tanto por su mente pasaron muchos recuerdos, especialmente uno que había olvidado y que jamas pensó regresara en este momento, se trataba del día en que vió morir a un pequeño ratón amigo suyo bajo las garras de un pajaro enorme- pensó, por lo menos no estaré solo cuando muera.
Nos alejamos de la casa de Porquecino lentamente, mientras las llamas crecen y los gritos del cerdo se desvanecen mezclados con un agradable olor a asado.

